Punto de libro


PUNTO DE LIBRO



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Cuento de Navidad

Toni Martínez

toni.martinez@puntodelibro.es

Papá Noel también lee

Vuelvo a casa desde la oficina, como cada día, sentado en uno de los asientos del tranvía, junto a la ventana, mientras leo un libro. El asiento de mi derecha está vacío, lo cual es una suerte, pues dada la variada opinión que merece la higiene personal entre los diferentes usuarios del transporte público, que se siente alguien a tu lado es toda una lotería olfativa. Y en esa lotería ya me he llevado el premio gordo demasiadas veces. En fin, todo transcurre como casi cada día salvo por un detalle: quedan pocos días para Navidad, por lo que en la calle lucen las mismas luces horteras de todos los años y en el interior del tranvía hay una horrorosa pegatina gigante la puerta de cristal que separa al conductor de la zona de pasajeros. La pegatina es sumamente ingeniosa: representa, visto de espaldas y a escala real, un trono en el que adivina, por el gorro que asoma y el uniforme rojo, que está sentado un Papá Noel que ha aprobado el curso de conductor de tranvía. Para vomitar, vamos.

Voy enfrascado en mi lectura cuando en una estación entra un niño, como suelen entrar todos los niños excepto los bebés de pecho: en tromba, berreando como si le estuvieran sacando la piel a tiras, y arrasando con todo a su paso. Como me temía, el niño ocupa el asiento que había libre a mi lado. La irrupción del chiquillo se salda con un balance no demasiado grave: un par de pisotones y una patada. Podría haber sido mucho peor, pero sobre todo respiro aliviado porque al instante me llega un leve aroma a lavanda. Al menos la madre de este querubín es de las que considera el jabón y la colonia grandes logros de la humanidad.

Me dispongo a seguir mi lectura sin levantar la mirada, pero entre mis ojos y el libro se interpone de repente un obstáculo que me impide la lectura: la cabeza del churumbel que se acaba de sentar a mi lado. Sin levantar la vista del libro, el niño demuestra que su aparato fonador no solo le sirve para entrar gritando en los transportes públicos y me pregunta con toda naturalidad: "¿Qué lees?". Cierro los ojos dos segundos y pienso que esto no puede estar pasándome a mí. He tenido especial cuidado durante toda mi vida de mantener a los niños alejados de mí. Rehúyo los parques, las zonas escolares y los centros comerciales en fin de semana; no visito a los familiares cuando tienen descendencia, y ni me acerco a un Chiqui Park. Y pese a todas mis precauciones, ahí está la cabeza de ese niño, peligrosamente cerca de mi novela, y esperando una respuesta por mi parte. Esperando que no se le caiga el moco en el ínterin me apresuro a dar la respuesta más exacta y obvia: "Un libro".

Y eso es lo peor. Lo que nunca, nunca hay que hacer cuando un niño te hace una pregunta es responderla. Porque es una trampa, un cebo, una maquiavélica estratégica para atraparte en una red infinita de preguntas encadenadas. El chaval que se ha apoderado del asiento contiguo al mío y de buena parte de mi espacio vital, contraataca: "¿Y de qué es?". Ahora interviene la madre, amabilísima y algo azorada: "Niño, deja tranquilo a ese señor". Y a continuación, dirigiéndose a mí: "Si le molesta me lo dice, que lo arranco de ahí ahora mismo". Sea por la época navideña o porque me haya sentado mal la comida le respondo a la madre con una falsa sonrisa: "No se preocupe, no me molesta". El niño se gira y me mira fijamente, así que me veo obligado a contestar. "Es un libro sobre asesinatos", le respondo medio segundo antes de arrepentirme y darme cuenta de que no es una respuesta políticamente correcta para un niño. La madre se ríe y él suelta un "Halaaa" de admiración. Inmediatamente se gira hacia su madre y le suplica: "Mama, ¿me lo compras?" A lo que la madre replica: "Nene, que en la casa no hay dineros pa comprar libros. Bueno, ni pa comprar libros ni pa comprar na que no sea comida". Pienso para mí que, al menos, para artículos de higiene si hay presupuesto, lo que dice mucho a favor del sistema de prioridades de esa familia. "¿Y si me lo pido pa los reyes?" insiste el pequeñajo, que debe tener unos ocho o nueve años. "El papa ya te ha comprao el "crasvendeincher" que le has pedío a los reyes, así que ya no hay más regalos".

La conversación madre-hijo continúa durante algunos minutos más, pero ya no escucho, porque de repente estoy intentando comprender todo lo que está pasando allí. El niño va vestido con unas ropas que deben tener más años que él. Las de la madre tienen el mismo aspecto. Aquella familia evidentemente tiene pocos recursos. Sin embargo la madre se esfuerza en que el niño, además de limpio, sea educado. Y hasta le han comprado un "crasvendeincher" para reyes. En una casa donde apenas hay para comer, lavarse y vestir precariamente, le han comprado el dichoso "crasvendeincher" al niño. Y así se lo han dicho. No va a llegar a lomos de un camello mágico, ni en la bolsa sin fondo que carga un viejo barrigudo. Se lo ha comprado el papa. Lo que seguramente será una doble lección que le enseñará al niño que en su familia le quieren, y que no debe poner sus esperanzas en fantasías absurdas. El chaval quiere un libro. No otro "crasvendeincher", sino un libro. Este que tengo yo, un libro de asesinatos, aunque intuyo que le daría igual un libro de amor, de guerra, de historia o de aventuras. Pero su familia no se lo puede comprar.

Y cuando el chaval y su madre salen del vagón, recuerdo esas campañas que llevan varias semanas repitiendo el mensaje navideño de cada año: "Ningún niño sin juguete". Y entre las muchas campañas que me vienen a la memoria no recuerdo ninguna que pida libros para los chavales. Es posible, ojalá sea así, que todas estas campañas consigan lo que pregonan, que a ningún niño le falte un juguete esta Navidad. Pero muchos niños seguramente se quedarán sin un libro. Y algunos de ellos lo desean, pero aún así se quedarán sin él.

Mientras el tranvía sigue hacia el final del trayecto miro abstraído por la ventana y veo pasar luces de Navidad. Pienso que podía haberle regalado el libro que sostengo en las manos a ese chaval. Habría resultado, seguramente, muy poco apropiado regalarle a un niño de menos de 10 años un libro cuyo protagonista es un asesino en serie. Pero no dejo de pensar que seguramente esa era la única posibilidad remota de que el chavalín tuviera un libro esta Navidad.

Pero antes de que pueda entonar mi villancico favorito, ese que dice "Navidad, Navidad, zorra Navidad…", esa misma noche veo en las noticias locales que la campaña de recogida de juguetes de mi ciudad entregará a cada niño sin recursos un lote en el que, entre otras cosas, habrá un juguete y un libro nuevos. Parece que la Navidad es tozuda y se resiste a que una de sus historias acabe mal. Por una vez, me alegro.


Columna publicada en el nº 21

Punto de libro nº 21